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a couple of candles sitting on top of a book shelf

EL DÍA QUE DEJÉ LOS HÁBITOS

El día que deje los hábitos ya no habrá nada que retenga al ser que mis padres engendraron, volverá a ser el niño que perdió, mirará con los ojos nuevos y verá la otredad sin espavientos, el pasado solo será una referencia indolora. Dejará de ser una cosa aburridamente conocida, será libre y todo lo aprendido ya no será una pesada carga.

Vivirá sin la angustia de llegar tarde. El dolor será un protector y no algo rechazable

Y encontrará el ahora que es lo único que existe, se fundirá en su aquietamiento con los demás seres de universo y la muerte antes temida tendrá que pedirle permiso para llevárselo. Descubrirá que todo es sentimiento y que lo que ahora yo llamo vida solo fue una pesadilla soñada por la repetición.

El día que deje los hábitos ya no seré yo, será todo lo demás tal cual es, sin trampa ni cartón, ni mas ni menos.

Juan Pérez de Siles

NO HE TRAÍDO BAÑADOR

Aquel día la situación en casa de mi hermano se presentaba

verdaderamente insoportable. Unai recorría los lugares del

sitio arrastrando los pies con la ayuda de la muleta fuera de

si con la expresión en su ademán de aquél que quiere libe-

rarse de sus cadenas, invisibles para los demás, sin poder.

No sabíamos que hacer como de costumbre, esperábamos

que se calmara por su cuenta, nunca supimos ni remota-

mente acompañarle por los laberintos oscuros y oprimentes

por los que su mente vagaba sin descanso.

En un momento dado alcanzó la puerta de la calle lo cual

temíamos ya que oponerse a aquel torbellino de energía en

movimiento que desarrollaba en esos estados delirantes re-

sultaba ciertamente peligroso.

Con un gesto fugaz mi hermano me indicó que le siguiera

mientras llamaba por teléfono para pedir ayuda.

A pesar de sus todavía torpes pasos me llevaba ventaja en

el andar, le seguía de lejos. En un abrir y cerrar de ojos ya ha-

bía alcanzado Huertos. Me lo temía, se dirigía inequivoca-

mente al sitio donde un día fatídico se arrojó al vacío imp-

pulsado por algo que nunca pudo explicarnos con certeza.

El se dio cuenta de que yo le seguía y aceleró el paso. Yo

aceleré el mío hasta encontrarme a su vera, me miró indicán-

dome de forma contundente que no le siguiera. Yo hice

caso omiso a su gestual ademán y él volviéndose y mirán-

dome me dijo: Déjame, quiero estar solo, no lo entiendes?

¿ Por qué me sigues? Te acompaño porque siento que es mi

deber hacerlo aunque tuviéramos que ir al mismísimo infierno,

logré balbucear superando mi congoja, léase acojone. nunca

le tuve miedo a pesar de que aquel chaval macizo y entrena-

do desde niño en artes marciales me podría triturar con un so-

lo golpe.

No voy a dejarte, así que ya lo sabes le advertí con un po-

co mas de ímpetu, aunque me doliera el hecho de aumen-

tar la opresión sobre aquel ser ya oprimido desde sus aden-

tros.

Ya nos encontrábamos en el mirador del Vendito, aquella si-

tuación era tan fuerte para mí que no advertí el paso del tiem-

po , ya era de noche.

La plaza por encima del acantilado estaba llena de gente

paseando ajena por completo a nuestra historia.

Se dirigía con paso firme a la balaustrada, me temía lo

peor mientras nos cruzamos con algunos amigos que si ad-

virtieron que estaba pasando algo.

Afortunadamente tomó por las escaleras del paseo de

Carabineros, El Palenque estaba animado como nunca, nos

miramos y me di cuenta de que en sus ojos no había odio

si no mas bien el fastidio al sentirse agobiado por mi compa-

ñía indeseada. Eso me dio un respiro.

Seguimos por el estrecho paseo hacia Burriana, en un parpa-

deo saltó la cuerda en la zona rocosa, yo osé agarrarlo por la

cintura mientras pedía ayuda en inglés a unos guiris con los

que nos cruzábamos en dicho lance que nos miraban atóni-

tos sin entender lo que allí estaba pasando.

El me arrastró con fuerza al otro lado y tratando de zafarse

de mí me cascó con la muleta de una forma comedida conte-

niendose como si no quisiera hacerme daño, a modo de ad

vertencia. Para mí lo peor ya había pasado y me encontré con

fuerzas para seguirle mientras nos resbalábamos entre las

rocas hasta conseguir la orilla, me pregunté si sería capaz de

continuar con aquello si el se adentraba en las aguas.

Volví a agarrarlo ya en el agua poco profunda con la espe-

ranza de obtener la ayuda que antes había pedido.

El oleaje aunque no era fuerte nos empapó a ambos, en la

tensión en la que nos encotrábamos ese hecho carecía de

toda importancia , yo sentía la molestia que me producía el agua entrando

por mis narices, estábamos calados hasta los huesos.

. Nos sentamos extenuados en las rocas bañados por las

olas que ya rotas nos alcanzaban sin fuerza.

El seguía inmerso en su delirio, yo trataba de calmarle:

Unai, abre los ojos, mira a tu alrededor, no hay nada mas

que esto, abre los ojos! y mira las rocas, el agua, nosotros.

eso es todo, lo demás son fantasías de la mente.

El, emulando a alguien que abre los ojos para mirar, movía

su cabeza de abajo a arriba, de un lado a otro mecanicamen-

te y yo me daba cuenta de que mi mensaje no apaciguaba su

dolor.

Quedamos en silencio, la ayuda no venía y yo no sabía

como iba a terminar aquello.

Entonces le dije ya sin ninguna intención: Fíjate Unai

yo que temo al agua mas que los gatos, que nunca vengo a la

playa, termino bañándome vestido, por la noche y no he

traido bañador para darme un chapuzón como es debido.

Mi comentario fue como caído del cielo, conseguí sacarle

una sonrisa real y terminamos los

dos partiéndonos de risa como niños,

Llegamos a Burriana y nos tendimos en la arena acogedora aún templa-

da de la playa, bajo un cielo estrellado, como si no hubiera pasado nada.

Juan Pérez de Siles

VIVIR PARA VIVIR

Decidió seguir caminando. Al fin y al cabo nada tenía que perder y nadie en realidad había asegurado que existiera un fin de trayecto.

Mientras los demás hacían colas interminables para conseguir un poco de agua de las pocas tomas que quedaban en aquél desierto de escombros perfumado de aquél olor fétido que se desprendía de los cadáveres mutilados y medio enterrados, el, mirando al horizonte y con la vista desenfocada tal vez para no sucumbir al horror que le rodeaba, seguía fiel a sus principios de no hacer mal a nadie ni aún para defenderse. Caminaba consciente del andar, concentrado en sí mismo. A penas podía respirar, el fuego intenso y descontrolado que devoraba todo por doquier consumía el aire, pero el seguía, ahora ajustando la respiración al ritmo de sus pasos. Un griterío de fondo de gentes desesperadas interrumpía de cuando en cuando su ensimismamiento libre de culpa puesto que el sabía sin la menor duda que nada podía hacer por los demás ni siquiera por sí mismo.

Sin perder de vista el horizonte vislumbraba un atardecer espléndido al fondo de aquella siniestra calle de una ciudad ya desconocida. Sentía la sed y el hambre. La primera le atacaba sin piedad y empezó a observarla para no pelearse con ella, ni se le ocurriría ponerse a hacer cola y esperar.

Caminaba y caminaba sin tener misericordia con sus pies. Chocaba a veces con otros tan perdidos como él en aquél mare magnun, ahora choca con una mujer que lleva en sus brazos lo que debió ser su hijo, cruzaron las miradas y el vio que ella no quería nada

Salvo expresar a alguien su infinita desgracia. El no respondía a semejante ataque y continuaba. Ni una lágrima escapaba de sus ojos, el agua era indispensable. Casi iba por el aire mirando al horizonte con la vista desenfocada y atento a todo lo que surgía en su mente para no perder ni un instante discutiendo consigo mismo .Pero la sed, la sed con su monólogo chillón e ininterrumpido casi le hacía ceder a la esperanza del agua segura. El seguía con su mirada puesta en el horizonte y se dio cuenta de que no veía nada en particular y sin embargo lo veía todo incluyendo los fugaces pensamientos que trataban de responder a semejante caos.

Viento, viento tráeme a guacero, viento, viento tráeme canción, triste está la tierra que cultivo yo como quema el fuego de mi corazón. Le vino a la memoria esta canción de Atahualpa, un día la cantó cuando el pensaba que eso era importante, y arritmó sus pasos a ella. Ya volaba, el horizonte seguía allí pero ya no estaba lejos ni cerca, esta allí, donde quiera que pusiera su mirada desenfocada, estaba el horizonte como fondo de todas las tragedias que presenciaban sus ojos.

En esa extraña ausencia en la que se movía si cesar sintió que nunca había estado tan vivo y lúcido y mirando sus manos sabía que no le quedaba otra: Vivir para Vivir.

Juan Pérez de Siles

EL OLIVO

Sombra tenue, de agradecer, perdida entre los terrones

Cuerpo torturado con cariño desde niño

Espiral dadora de vida y trabajo digno

Esclavo del esclavo

Testigo silencioso del tiempo, la adversidad y el suicido fortuito

Cuerpo rígido y brazos flexibles en su firmeza

Peinado y repeinado por mil años

Golpeado nunca hasta la muerte para tomar tu fruto

Asidero de chicharras cantadoras bajo un calor agobiante

Negocio de terratenientes pan de pobre al-ham-du-li-lah

Omega 3 para las venas atascadas de estrés

Ser de buena madera poco bebedor

Hacedor, con tus semejantes alineado, de un paisaje pintado

¿Estabas aquí antes del diluvio?

¿Y después, estarás para contar a los que queden lo que pasó?

¿O caerás antes hecho trizas por el hacha del urbanizador?

Tengo que abrazarte un vez mas antes de irme.

Juan Pérez de Siles

LO GRANDE Y LO PEQUEÑO

Ah Nils: ¿Quieres que subamos al Torcal?

Ah, venga vale.

Aparcamos el coche en un punto del carril desde el que nos era fácil llegar al tajo.

Una tarde espléndida con olor a tomillo, romero y otros olores a los que yo no sabría

Ponerles nombre.

“Todos los colores del verde” que cantara Raimón al Pais Vasco.

A nuestra espalda el imponente paso de Ventas de Zafarraya y delante, a tiro de piedra

El tajo del Torcal.

Nos aproximamos al borde cuando ya el Sol estaba cerca de su ocaso, Delante de

Nosotros hacia el poniente nos sorprendía el impresionante paisaje que desde allí se dominaba. Quedamos de pié por un rato anonadados por el espectáculo de aquella infinitud, líneas de montañas al contra luz entre las que se colaban los rayos anaranjados del Sol iluminando las colinas protuberantes del valle ya en sombra.

Intentamos balbucear los típicos comentarios que se hacen ante una visión semejante.

Pero entendimos que aquello no era para hablar y decir tonterías que pudieran enturbiar lo mas mínimo aquel inmenso instante. Quedamos en silencio.

Nos sentamos en sendas rocas, uno frente al otro y comenzamos a escudriñar el suelo que teníamos delante, bajo nuestros pies : palitos, piedrecillas, pequeñas plantas, una hormiga que cruzaba, y a comentar sobre lo que veíamos, sobre lo que dicen los científicos en cuanto a la vida, bla, bla, siu, siu.

De pronto nos miramos y rompimos en una carcajada de alegría contenida a dos pasos del llanto. Ambos los dos supimos en ése instante lo pequeños que éramos...

Juan Pérez de Siles

IBA DESPACIO

Iba despacio, caminando por la acera en aquella tarde de otoño.
El viento arremolinó un montón de hojas secas delante de ella.
De entre la espiral vegetal salió un sobre amarillento.
Se agachó y lo cogió.
La dirección del destinatario estaba borrosa, estropeada por la lluvia reciente.
No había remitente. Dudó si abrirlo allí o llevárselo a casa; optó por lo segundo.

Al llegar, colgó el abrigo y se preparó una taza de té, con él en una mano y el sobre en la otra, se sentó en un cómodo sillón. Luego lentamente abrió el sobre y sacó un papel escrito en letra cursiva, perfecta, elegante. Por su caligrafía parecía, a primera vista, de mujer, por un momento miró las letras sin leerlas, no quería violar la correspondencia de nadie, aún cuando no los conociera. Destinatario borrado.....sin remitente.
¿Qué hacer? ¿De qué serviría leerla? ¿Curiosidad malsana?¿ Deseo sano de saber?¿Pero no tenía ella suficiente con su complicada vida?
Bebió el té a pequeños sorbos, indecisa, dudosa; pero ¿de qué pasta estaba hecha que una simple carta anónima le alteraba su vida?
Se incorporó y fue a la cocina, metió la carta en el fregadero y seguidamente le prendió fuego. Ya está, ya no existía, un problema menos...

Sin embargo aquel papel humedecido no llegó a encenderse totalmente

Y de un atisbo de curiosidad que le quedaba en el último rincón de de su subconsciente brotó un deseo incontrolable de escudriñar entre los restos ennegrecidos por el fuego y medio borrados por el agua.

Los cogió y los colocó con sumo cuidado, entregándose ya sin control aunque con un cierto nerviosismo adrenalínico , al vicio para ella, de la curiosidad.

Observó con atención y empezó a entender que no había solo un texto corto, medio ilegible ya, si no también un dibujo esquemático realizado a mano de una pirámide de base cuadrada. Y una fórmula matemática, para ella en principio, carente de sentido: 4 a = 2pi R.

Ella, que regresaba de Egipto después de asistir como ayudante en unas excavaciones que realizaban expertos arqueólogos en los alrededores de la gran pirámide de Kéops , aquello no podía pasarlo por alto.

Siempre quiso hacer una tesis sobre la gran pirámide, un estudio de campo y algo diferente de lo que ya se había hecho hasta el momento. Nunca creyó en las teorías de los arqueólogos clásicos que por ejemplo no sabían explicar fehacientemente por que no fue encontrada ninguna momia, ni rastro de ellas en las principales pirámides, así como que nunca fue probado: como, cuando, por que e incluso por quien fueron hechas.

Empezó a reunir en su recuerdo todo el conocimiento que había acumulado sobre estas impresionantes construcciones levantadas con millones de piedras de miles de kilos cada una y enfrentadas sus caras con una precisión matemática difícil de igualar, a los cuatro puntos cardinales.

Consiguió descifrar gran parte del texto gracias a sus habilidades en salvar y reconstruir vestigios del pasado.

Se leyó lo legible a sí misma en voz alta y después de reconsiderar el alcance de lo que allí estaba escrito, observándose en el espejo de la cómoda con cara de tonta exclamó: ¡Joder!

Juan Pérez de Siles

Tertulia TELEES - Año I

Libro "TELEES" año I

A la Cola

Lo que tengas que hacer hazlo pronto, es y será lo que está siendo y esto incluye todas los opciones que crees que tienes. Eso que estás pensando no vale para nada, o es sobre el ayer o

sobre el mañana y ambos sólo existen en tu mente. El ahora es impensable. Pero si lo que quieres es unos blue jeans, eso es allí: Ponte a la cola

Alá-Cola: Bebida típica de los pueblos de Al-Andalus en el año de la Éjira 1988, 2050 de la era cristiana.

Lo que es por sí mismo se manifiesta al surgir en el signo de lo Suscitativo; hace que todo sea pleno en el signo de lo Suave; deja que las criaturas se perciban mutuamente en el signo de lo adherente, el signo de la Luz; hace que mutuamente se sirvan en el mundo de lo Receptivo; da alegría en el signo de lo sereno; lucha en el signo de lo Creativo; se afana en el signo de lo Abismal; y lleva todo a su consumación en el signo del Aquietamiento.

Para los videntes del linaje de don Juan, el universo está 'vivo', es un sentimiento, una vibración, un flujo; se define primero como energía, y segundo como materia; es un continuo que se reversa y que cambia permanentemente, capaz de ser percibido al soltar el control de la forma humana.

Para aquellos videntes, la forma humana es sólo una entre una miríada de corrientes de percepción a las cuales se puede acceder, en este caso, la corriente del 'yo' - ese conjunto de historias y hábitos que nos hicieron la persona que nos creemos que somos; aquello que nos mantiene encerrados en una vista singular y monocromática.

Para los chamanes, poder alcanzar una gama más completa de posibilidades humanas yace en una recapitulación o revisión detallada del cuerpo y del ser mismo - limpiando memorias y sentimientos retenidos en nuestro tejido físico y sus correspondientes filamentos energéticos.

La antropología llevó a Castaneda a la hechicería y de ésta a la visión unitaria del Mundo: La contemplación de la otredad en el mundo de todos los días. Los brujos no le enseñaron el secreto de la inmortalidad ni le dieron la receta de la dicha eterna: le devolvieron la vista. Le abrieron la puerta a la otra vida. Pero la otra vida está aquí

Our mission

We're on a mission to change the way the housing market works. Rather than offering one service or another, we want to combine as many and make our clients' lives easy and carefree. Our goal is to match our clients with the perfect properties that fit their tastes, needs, and budgets.

Our vision

We want to live in a world where people can buy homes that match their needs rather than having to find a compromise and settle on the second-best option. That's why we take a lot of time and care in getting to know our clients from the moment they reach out to us and ask for our help.

white and black abstract painting
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Our team

Our strength lies in our individuality. Set up by Esther Bryce, the team strives to bring in the best talent in various fields, from architecture to interior design and sales.

woman wearing black scoop-neck long-sleeved shirt
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Esther Bryce

Founder / Interior designer

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Broker

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Jaden Smith

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Photographer